Deep Purple – Made in Japan

Deep Purple – Made in Japan
EMI. Purple Records, 1972
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Otro de mis discos favoritos y no me deja de parecer curioso que sea un directo, pues no es un formato de mi predilección. La mayoría de las veces no me dejan de parecer un intento de clavar el disco de estudio y siempre he opinado que, para ir a ver o escuchar eso, ya tengo el disco original y sobre el escenario lo que me atrae o lo que espero es que me den un plus, otra versión, un toque especial, un yo qué sé que me sorprenda y que no me suene a ya oído.

Partiendo de esa premisa, no creo que se pueda acusar a este directo de ser un “grandes éxitos con aplausos” y si de hacer palidecer las versiones de estas canciones en el estudio.

Made in Japan fue editado en diciembre de 1972 en Europa y en mayo de 1973 en EE.UU. Fue grabado durante una pequeña gira por Japón, en los conciertos de los días 15 y 16 de agosto en Osaka y el 17 de agosto en el Budokan de Tokio. El disco está considerado o tiene la fama de ser una de las grabaciones en directo más “sinceras” que se han publicado, porque no hay aplausos añadidos, ni trucos de estudio, ni trampa ni cartón y sólo se oye lo que fue de verdad el concierto.

Nada mejor para desatascar los oídos y menear frenéticamente la cabeza que ese comienzo con Highway Star, donde el desbocamiento vocal de Guillan ya nos avisa de lo que se avecina al grito de abróchense los cinturones.

Deep Purple – Highway Star

Todo el disco es una frenética exhibición de cinco tremendos músicos en plena forma y en el mejor momento de su carrera, desde Robert Glover en el bajo, con un estilo particular y potente marcando el ritmo y quizás el de menos ego de todo el grupo, pasando por un Ian Paice a la batería, maestro de maestros, ambos formando una excepcional sección rítmica durante todo el concierto, solo de batería incluido y la parte menos exhibicionista del quinteto.

A partir de ahí la batalla de egos está servida hasta casi la locura, tal es la intensidad del concierto; los alucinados japoneses tardan en aplaudir en el final de cada canción porque primero tienen que cerrar la bocaza de pasmo que se les queda ante tal desparrame auditivo.

Los teclados de John Lord, siderales unas veces, psicodélicos otras, clásicos después, alucinantes siempre, se pelean con la guitarra estratosférica de don genio y figura Ritchie Blackmore, que va dejando riffs y solos míticos cada pocos surcos del disco, para intentar aplastar la increíble voz de un Ian Guillan en estado de gracia, que pasa por el alarido más extremo, de camino al susurro más espeluznante, como en el segundo corte del disco, Child In Time.

En mi modesta opinión uno de los mejores directos de la historia de la música que yo conozco, parido en un momento en el que parece ser que Guillan y Blackmore se odiaban a muerte. Quizás ahí se esconda el ingrediente que da esa fuerza, esa energía que suelta chispas durante toda su duración.

De esos discos que me encanta poner cuando sé que voy sólo en el coche, si puede ser, de noche y me resulta imposible resistir el impulso de subir las ventanillas, darle volumen a fondo para que el sonido me entre por todos los poros y que después de tantos años con él, todavía me sigue pareciendo increíble al escucharlo, el poderío de los desarrollos instrumentales y las múltiples improvisaciones de cada canción como un torrente inacabable de creatividad y energía musical. Un tremendo disco y quien pillara ese concierto hoy en día, no?. Ya no se fabrican cosas así o me estoy haciendo viejo?

Nos vemos.

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