The Smashing Pumpkins – Oceania

The Smashing Pumpkins – Oceania
EMI/Caroline Distribution/Martha’s Music, 2012
• 

A día de hoy, cuando me paro a pensar en los Smashing Pumpkins o The Smashing Pumpkins, que aún no lo tengo claro, se me viene a la cabeza esa historia que todos conocemos de aquellos enormes dinosaurios que dominaban el mundo y lo tenían a sus enormes pies hasta que no se sabe muy bien cómo, acabaron extinguiéndose. Dominaron los noventa con grandes discos que casi ni hace falta nombrar como Gish, Siamese Dream, Mellon Collie & the Infinite Sadness o el oscuro, querido e infravalorado Adore. Pero llegó ese meteorito, ese cambio climático, esa evolución, esas drogas, esos excesos, esos escándalos, esos egos y el dinosaurio empezó a perder la fuerza, empezó a extinguirse, empezó a automutilarse, empezó a vulgarizarse, empezó a perder inspiración con discos que no estaban a la altura, empezó a perder miembros, sus brazos y sus piernas, D’arcy, Iha, Auf der Maur, empezó a fallar su corazón, Chamberlain, hasta que sólo quedó su cerebro, ese polémico, histriónico, querido, adorado, odiado, endiosado calvo llamado Billy Corgan. Sí, es cansino pero casi inevitable recitar esta parte de la historia cada vez que tenemos disco de Corgan y los secuaces que toquen de turno desde que los Pumpkins de siempre se empezaron a hacer pedazos.

Y el cerebro calvo que siempre estuvo a los mandos de las calabazas se resistió a la extinción, aún mutilado, desmembrado, luchó, cogió aire, se retorció, se regeneró con nuevos miembros para demostrar que aún era poderoso, que aún era temible, que aún podía reinar, pero sus dinosáuricos rugidos ya no retumban como antes, ya no hipnotizan a sus presas, han perdido fuelle, la magia ya no deslumbra en extraños y efímeros experimentos como Zwan, en fallidos viajes en solitario, en irregulares y mediocres discos como Zeitgeist o en pajas mentales como ese Teargarden by Kaleidyscope que no hay dios que entienda de que coño va en realidad y al que yo ya le he perdido la pista por puro aburrimiento y mediocridad prescindible de lo que nos ha ido regalando con esos 44 temas de marras que por ahí en el limbo tiene grabados.

Bien, pues el dinosaurio no ha muerto, no se ha extinguido todavía, vuelve a la vida y nos entrega un nuevo rugido titulado Oceania, para volver a poner a prueba la paciencia de los que lo seguimos y adoramos en los noventa, para volver a probar que puede rugir y no sólo soltar gritos agónicos y lastimeros como hasta ahora, con su noveno disco, si contamos ese inclasificable Teargarden, para intentar volver a reinar en un cuerpo que lleva el nombre de los Smashing Pumpkins pero del que sólo queda ese cerebro superviviente de mil batallas y al que le falta aquella fuerza de sus miembros, aquel corazón. Y como siempre, picaremos y volveremos a buscar esa magia que el calvo tuvo y no sabemos si todavía retiene, cada vez con menos esperanza, cada vez con más resignación, algunos incluso con indignación porque todavía no nos hacemos a la idea de que aquella magia, aquella fiereza, aquella personalidad quizás ya nunca volverá a seducirnos, esa magia sí se extinguió hace tiempo.

En esta ocasión, el divino calvo se ocupa de las vocales y las guitarras como siempre, de algunos teclados y esta vez deja parte de las tareas de producción en las manos de Bjorn Thorsrud con el que ya trabajó en Zwan. El resto de los que ya no sabemos si denominar mercenarios o compañeros de viaje son Jeff Schroeder, que se ocupa del resto de guitarras que no toca CorganMike Byrne en la batería y el clásico toque femenino de las calabazas en el bajo lo pone Nicole Fiorentino, que además y curiosamente es una de las gemelas que aparecen en la portada del Siamese Dream, las vueltas que da la vida. Sabia nueva para el cerebro de siempre.

Y salta la sorpresa justo ahora, después de darle al play de nuestro reproductor y escuchar la hora aproximada de duración del disco, cuando toda esperanza casi había quedado sepultada y enterrada bajo los cascotes de todas las mediocridades que Corgan nos había endosado hasta la fecha y ya actúas casi como un autómata al ver el nombre de la banda que va por el camino de no significar nada e incluso por primera vez has dudado si escucharlo o no. El disco acaba y te das cuenta de que tu corazón ha latido en varias ocasiones, que la chispa ha prendido en otras, que te ha parecido escuchar el rugido de los buenos tiempos, que algunas canciones te han entrado de primeras porque tienen algo de esa magia, que por lo menos has notado emociones y no la línea plana del que dabas por fallecido o extinguido. Ha sido un espejismo, nos pueden más las ganas, la nostalgia que la objetividad y la pura realidad? Billy y compañía se han sacado un buen disco de la manga o nos ha confundido con un juego de manos que apela a nuestros recuerdos? Buenas preguntas. Veremos si tengo respuestas o sólo me quedaré con las mismas dudas.

Primero os dejo el SoundCloud del disco que Corgan & Cía han tenido la gentileza de subir para que el que quiera saque sus propias conclusiones:

El disco comienza con la vibrante Quasar, directa y al grano, llena de electricidad, energía y velocidad con algo de psicodelia en las aceleradas guitarras y que me trae recuerdos del primigenio Gish con Corgan cantando de forma nítida y con ese tono añiñado que le caracteriza, en un tema que suena más acertado y centrado que cualquiera del Zeitgeist si exceptuamos Tarantula. La sigue Panopticon, casi en el mismo tono pero dejando más cancha a la melodía y a cierto dramatismo en el colchón de guitarras y la voz del calvito en una buena mezcla de rock y psicodelia con toque pop. Buen tema.

Cambiamos de tercio en la tercera, The Celestials, típico medio tiempo que va subiendo de intensidad y que empieza con Corgan cantando con la acústica al que se le van sumando instrumentos para ganar potencia y dejarnos un tema lleno de épica muy del estilo Pumpkins y uno de mis favoritos. No dejamos la atmósfera más íntima con Violet Rays que sigue los parámetros de la anterior y nos deja ver que son estos medios tiempos melancólicos, sombríos, algo amargos y de emoción in crescendo los que mejor sigue dominando el líder de la banda de las calabazas. A estas alturas, la desconfianza inicial se resquebraja y me pregunto que ha cambiado para que Zeitgeist sonara irregular, fallido, vacío, sin emoción y artificial mientras que Oceania ya me ha tocado el punto débil de la nostalgia y me esté sorprendiendo contra pronóstico.

Repetimos fórmula en My Love is Winter quizás algo más edulcorada y facilona, pero el tipo se mueve en estos parajes como pez en el agua y con la inercia que lleva el disco nos acaba convenciendo. One Diamond, One HeartPinwheels, son más de lo mismo pero añadiéndoles un toque de electrónica que también adereza algunas otras canciones pero en menor medida, dos temas muy a la Adore pero quitándole la oscuridad gótica y añadiéndole algo de luminosidad pop de melancólica e infinita tristeza.

Vuelven a cambiar el ritmo con Oceania, el tema más largo del disco y una de esas supuestas demostraciones de poderío de Billy o de su megalomanía, según como se mire, en una composición que parece ensamblada de tres partes diferenciadas, que no acaba de estallar en ninguna de ellas y se queda a medio camino de ninguna parte intentando por el camino jugar a ser Pink Floyd. Un cambio de ritmo al exceso que no favorece para nada el desarrollo del disco.

Pale Horse es otra de mis favoritas, dominada por esa melodía inicial que me recuerda a algo o que me parece haber escuchado antes, volviendo al camino de atmósferas melancólicas, de aire etéreo y quizás demasiado al ralentí.

Volvemos al rock más clásico con The Chimera, con esas guitarras muy a lo Siamese y un aire optimista que me suena algo a la época de Zwan, aunque el tema no acaba de sonarme redondo y es de los que menos me convence. Todo lo contrario que Glissandra que ya me atrapa con ese riff inicial que va sobrevolando toda la canción con elegancia.

Con Inkless se acaba la electricidad del disco en esas clásicas dobles guitarras de las calabazas sonando más pesadas y algo más abrasivas que en el resto del disco en un tema algo contenido como con el freno de mano puesto y dominado por la voz de Billy. El punto final lo pone Wildflower de manera intimista, minimalista y con la consabida atmósfera melancólica que surca muchos temas de Oceania.

Miro atrás hacia lo escrito y me doy cuenta de que quizás me he dejado llevar por la lírica y que pocos serán capaces de llegar al final de semejante novela pero son las cosas que tiene la añoranza. También puede dar la impresión de que nos encontremos con que el dinosaurio vuelve a dominar la tierra con sus rugidos y no es el caso, aunque en mi siempre discutible opinión nos encontramos quizás ante su mejor grito desde aquel lejano Adore pero todavía lejos de su nivel, lo que tampoco era muy difícil con el listón en bajo cero, donde Billy & Cía recrean y mezclan todos aquellos sonidos que echamos de menos y consiguen sonar dignos y creíbles y no sólo a los quejidos lastimeros, inofensivos y vacíos posteriores. Nos guste o no, Corgan era y es el amo y señor de las calabazas, el cerebro del dinosaurio que se resiste a extinguirse pese a quien pese y en Oceania nos muestra retazos de esperanza que nos dejan pensando que quizás sí retuvo algo de lo que algún día tuvo en los lejanos tiempos en que reinaba.

Nos vemos.

Publicado en Desconcierto.

Los comentarios son bienvenidos...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s