Canciones de Pachi (XVII)

Vamos con una nueva entrega de mis canciones especiales, canciones del recuerdo y de especial significado aunque lo más seguro es que lo tenga que hacer a plazos y poco a poco, dada la falta de tiempo que me persigue últimamente y que además se va convirtiendo en una bonita bola de nieve que gana volumen con los días. De hecho, es así como lo estoy haciendo, aunque ello implique que el tema vaya algo inconexo o deslabazado, como hecho a pedazos de días más o menos inspirados, unos días del tirón, otros medio atrancado. Bueno, aspirar, expirar y relajarse o si no, mi habitual impaciencia me pasará por encima como una locomotora sin control mientras me quedo dormido pensando en un largo y delicioso tiempo muerto.

Ya ha llovido desde la primera vez que escuché el tema de hoy y bastante, además. Me remontaré hasta el 87, ni más ni menos. Ahí andaba yo con veinte añitos recién cumplidos o casi, no lo sé exactamente. Poco tiempo hacía que había acabado los estudios de FPII y después de un año probando la profesión para la que tan inconscientemente había estudiado tantos años, la de delineante de la construcción, me encontré con la paradoja de que ese curro no me gustaba una mierda. Ahí empecé a hacer mis pinitos o primeras aproximaciones fruto de la casualidad a lo que sería mi profesión durante largos años y hasta ahora, aunque esté en el paro. No tengo ninguna intención de dejar el diseño, ya sea publicitario o de páginas web, que es en lo que ando sumergido últimamente y la razón de mi escaso tiempo. Tampoco se me ocurre a estas alturas otra profesión en la que tirarme a la aventura. Bueno, el caso es que en esa época andaba sondeando el tema, haciendo cursos, trabajando y ese mundillo me tiraba como a una abeja la miel.

O sea que un día, no sé muy bien cómo, me vi haciendo la maleta y largándome a probar como rotulador y diseñador de stands a una feria que se llamaba Semana Verde de Galicia, que creo que aún existe y que estaba en un pueblo perdido en el interior gallego y que tenía y tiene por nombre Silleda, allá, a tiro de piedra de Lalín, o lo que es lo mismo, el lado oscuro de Galicia para un señorito de una gran ciudad como Vigo si hablamos de mi tierra, un pueblo también, si lo comparamos con otras ciudades más grandes de nuestra geografía hispánica, tipo Madrid o Barcelona.

Visto desde la perspectiva que da el tiempo, fue una temporada interesante aunque no fuera demasiado consciente en ese momento. De algunas cosas sí que me daba cuenta, ciego y gilipollas tampoco era o no demasiado. Me daba cuenta de que mi pinta en aquel pequeño pueblo, que venía a ser la de una especie de Joey Ramone greñudo, mal afeitado, con vaqueros pitillo rotos, eternas camisetas negras y viejas botas militares, pulseras, colgantes y fumando Ducados como un carretero, hacía que la gente me viera como un bicho raro y que cambiaran de acera cuando se cruzaban conmigo. Me daba cuenta de que era la comidilla del lugar, que les picaba la curiosidad de saber si mordía y si pasaba la rabia al morder, me daba cuenta de las cabezas girando al pasar y los murmullos. Me daba cuenta de que ejercía cierta fascinación y tenía un éxito anormal entre cierto sector femenino y que apenas pagaba una copa con el masculino. Sí, me daba cuenta de que debía parecer un extraterrestre para aquella gente.

El trabajo resultó ser un puto desastre y me pasaba de lunes a viernes haciendo el payaso en ocupaciones que poco o nada tenían que ver con lo que esperaba, pero allí tenía que quedarme un año, no había otra, hasta que acabara el contrato. Laboralmente, un año perdido. Como experiencia, ya digo, un año interesante, lleno de experiencias.

Desde que me levantaba en la pensión por la mañana y me tomaba mi Cola-Cao con magdalenas acompañados de los viejos paisanos de lugar que antes de ir para la leira o al campo a hacer sus duras faenas, se calzaban entre pecho y espalda su copazo de aguardiente y hablaban un gallego tan cerrado que era como si hablasen en ruso o swajili, apenas era capaz de entender alguna palabra suelta. Hasta coger sabañones en manos y orejas, sin saber ni lo que eran, por mi manía de mojarme las greñas antes de salir y no secarme, cuando afuera me esperaban dos o tres grados bajo cero de esos del interior gallego, de los que se te caen las pelotas al suelo. Como se me pusieron las manos y las orejas y como picaban, joder. Aún hoy en día, cuando los inviernos son más crudos, me vuelven a aparecer recordándome lo gilipollas que era.

Yo era raro para ellos y aquello era otro mundo para mi, el lado oscuro, aunque reconozco que a pesar de la suspicacia con que me veían, siempre me trataron de puta madre, no hay queja en ese aspecto. Otra cosa es que me acostumbrara a sus usos y maneras rurales, que desde mi punto de vista de señorito, me parecían de personal a medio civilizar, con todos los respetos. No dudo que desde su punto de vista incluso les pudiera parecer amanerado, o eso, un señorito por muchas greñas o pintas que me gastara. Pues casi seguro. Y yo que me tenía por un duro merodeador callejero allá de donde venía y a donde quería irme.

Lo que más me dejó flipado o impresionado y que aún recuerdo era la gente de mi quinta, más o menos de mi edad. No tardé en unirme a un grupo de gente del trabajo y del pueblo para quedar a tomar algo después del horario laboral, de esas que mi madre dice dios los da y ellos se juntan y pronto me quedó claro que aquello no era mi rollo. Quedábamos para ir de copas y pronto me di cuenta de que aquello significaba quedar de lunes a viernes, todos los días, recorrido de tascas y tabernas, largas sesiones de tute al que no sabía jugar y muchas tazas de vino que no me gusta ni oler. Yo iba los primeros meses con mis petas y respondiendo a sus tazas con mis cervezas y claro, llegando tajado a la pensión, noche sí y noche también. Aquello no era normal y me quedo claro que la mayoría de la gente joven con la que me encontraba en aquellas tascas por la noche iban muy pasados de vueltas hasta para mi, rozaban el alcoholismo o eran alcohólicos seguro. Aquellas dentaduras en mal estado, aquellas maneras de no revolver la lengua al hablar a la segunda taza, aquellas pintas de mala salud de algunos, incluso me percaté de que algunos olían a vino o iban muy pasados hasta en el trabajo, aquella monotonía precisa como un reloj, no, aquello no era normal. No era normal que me vinieran a esperar a las siete de la mañana de camino al curro y ya me sacaran de petaca y trompeta de costo. Por mucho frío que hiciera.

Supongo que no habrá muchas más cosas que hacer en un sitio tan pequeño y apartado, supongo que cada uno ahoga sus penas como puede, pero aquellas noches me acabaron resultando demasiado penosas, demasiado deprimentes, me dejaban mal cuerpo y no sólo por la resaca. Aquel no era mi rollo, esa manera de pasar los días sin sentido con una manera de divertirse que no tenía nada de divertida, o sea que, poco a poco, me fui quitando, salvo contadas excepciones, que tampoco tenía ganas de suicidarme tan joven y de una forma tan poco atractiva para mi gusto. Empecé a cambiar de aires, volviendo más temprano a mi agujero y a hacer una vida algo más sana. Pedí una bicicleta de carreras a un compañero y me pegué largas excursiones solitarias a Lalín, a las cataratas de Toxa, al monasterio de Carboeiro, a darme chapuzones en un estanque que tenía una compañera de trabajo allá en Bandeira. A cambiar de onda y dejar ese lado que de tan oscuro parecía negro como la boca del lobo.

Después de este largo preámbulo lleno de reflexiones que no sé si vienen al cuento o no, pero así me han salido, alargando el tema de una manera rara en mi, iremos al asunto. En uno de esos viajes de autobús Vigo-Silleda o viceversa fue cuando escuché el tema de hoy y no una, sino varias veces. Y es que la canción estuvo muy de moda en su momento o esa era mi impresión. No sé que emisora de radio era, ni puta idea, pero ya me gustó de primeras, de segundas ya flipaba con la canción y de terceras ya pude escuchar el nombre del grupo, Guns N’ Roses y el título de la canción, Sweet Child O’Mine. Quién no la ha escuchado alguna vez queriendo o sin querer? A mi me sonaba y me suena a gloria pese a los años que le han caído, me sonaba fresca, agresiva y llena de encanto a la vez, sobre todo con ese solo en la mitad de Slash que me ponía a cien y ese final a duo de Axl y el propio Slash. Un clásico se mire por donde se mire.

Evidentemente, no tardé nada en hacerme con el vinilo del Appetite for Destruction, que me parece uno de los mejores discos de rock que he escuchado en mi vida. Este si es uno de esos discos que quemé a conciencia. También hace unos años le dediqué unas letras a este disco:

“Bueno, bueno , bueno, que tenemos aquí, los apedreados Guns N’ Roses. Bien ,bien, no me voy a parar a analizar si el querido Axl Rose es el mayor gilipollas que parió madre o si el doble Use Your Illusión queda como un disco patético, grandilocuente, abigarrado, recargado, hortera y lleno de paja si lo comparo, por ejemplo, con el doble de los Pumpkins, o si tenían una pinta de payasos que tiraba para atrás.

Si hablamos de su música, si te gusta el hard-rock o el rock duro o el guitarreo, este es un disco imprescindible, a la vez que uno de los mejores de la historia en su estilo. Otra cosa es que no te vaya ese estilo, que estás en tu derecho. Lo seguro que cuando se publicó el disco, nadie sabía lo cretino que podía llegar a ser Axl y en donde acabarían todos después de brillar con luz propia. Lo que estaba claro es que el disco de debut de estos cinco tíos es acojonante.

Metiendo en la coctelera a un Axl Rose, vocalista de poderosa y afilada voz y líder indiscutible de la banda, con múltiples registros, desde la chulería más macarra, peligrosa y salvaje a la sensibilidad emocionante. Ponemos también un Slash, guitarra de chistera inconfundible y capaz de los despliegues más increíbles. Lo sazonamos con Duff McKagan, bajista de estilo más punk, gamberro y callejero. Añadimos a Steven Adler, un batería drogotas y guapito de postal. Y como ingrediente secreto lo rociamos con Izzy Stradlin, guitarra rítmica y verdadero genio compositor en la sombra y con profundo estilo stoniano. Lo agitamos todo y de la coctelera nos sale un explosivo combinado de hard-rock que te da la bienvenida a la jungla nada más empezar. “You know where you are, you are in the jungle baby, you gonna die…” y el pistón del rock and roll sucio y guitarrero ya no baja, salvo en la archiconocida Sweet Child O’Mine. Lo repito, si, Guns N’ Roses y un disco entre los mejores de la historia del rock por méritos propios”.

Poco más que añadir, sigo pensando lo mismo y sigo desempolvando el viejo vinilo o su moderna versión en cedé para darle un repaso de vez en cuando sin el más mínimo rubor. Muchos renegaron del grupo con los años y no es extraño, dado el rumbo que tomaron los acontecimientos con ellos, pero no deja de parecerme injusto con este disco en cuestión. Suerte, talento, inspiración, el momento adecuado, el fruto de las drogas y el desenfreno. Me da igual, su disco de debut era fresco, genial, eléctrico y adictivo y aquí de lo que se habla es de música, no de egos y ombligos. Y Sweet Child O’Mine una buena muestra de lo que eran antes de acabar en lo que fueron. Muchos no consiguen ni lo uno ni lo otro y ya se sabe que la cima produce vértigo a la mayoría si no llevan los muebles bien sujetos. Pero lo bueno es que dejaron un gran disco para nuestro disfrute antes de perderse en la cima del mundo donde parece que Axl, Slash y compañía se siguen buscando, parece que ya para la eternidad.

Guns N’ Roses – Sweet Child O’Mine
(Appetite for Destruction, 1987)

“Now and then when I see her face,
she takes me away to that special place…”

………………………………………….

She’s got a smile that it seems to me
reminds me of childhood memories,
where everything was as fresh as the bright blue sky.
Now and then when I see her face
she takes me away to that special place
and if I stared too long
I’d probably break down and cry.

Sweet child o’mine
Sweet love of mine

She’s got eyes of the bluest skies
as if they thought of rain.
I hate to look into those eyes
and see an ounce of pain.
Her hair reminds me
of a warm safe place
where as a child I’d hide
and pray for the thunder and the rain
to quietly pass me by.

Sweet child o’mine,
sweet love of mine.
Sweet child o’mine,
sweet love of mine.

Where do we go,
where do we go now,
where do we go,
sweet child o’mine?

………………………………………….

Ella tiene una sonrisa que se parece a la mía
que me trae recuerdos de mi niñez,
donde todo era tan limpio como el brillante cielo azul.
Ahora y entonces, cuando veo su cara
me lleva lejos a ese lugar especial
y si mantengo la mirada mucho tiempo,
probablemente me derrumbe y llore.

Dulce niña mía,
dulce amor mío.
Dulce niña mía,
dulce amor mío.

Tiene los ojos de los cielos más azules
como si pensasen en lluvia.
Odio mirar en esos ojos,
y ver una onza de dolor.
Su pelo me recuerda
a un lugar calido y seguro
donde como un niño me escondería
y rezaría para que el trueno y la lluvia,
pasaran de largo silenciosamente.

Dulce niña mía,
dulce amor mío.
Dulce niña mía,
dulce amor mío.

A dónde vamos,
a dónde vamos ahora,
a dónde vamos ,
dulce niña mía?*

………………………………………….

* Nunca me haré responsable de las traducciones, avisados quedáis.

Nos vemos.

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