Clyde the Glide

Qué tal, estimados lectores? Sí, aunque no lo parezca todavía estoy por aquí y no he cerrado el garito. Ya he comentado antes que ando pelado de tiempo y además la inspiración tampoco es que me sobre. Las musas me han dejado un poco de lado últimamente y han sido sustituidas por la pereza y una cabeza demasiado ocupada de otras movidas y problemas que me dejan los dedos rígidos en el teclado y la pantalla en blanco y sin que se noten atisbos de actividad inspiradora para contar algo. Ya sabéis, esos bloqueos creativos que nos suelen agarrar de vez en cuando a las grandes personalidades artísticas y creativas como el menda, modestia aparte. Además, me he dejado ir y casi prefiero no escribir nada si en realidad no tengo ganas ni material que me parezca mínimamente interesante.

Sin embargo, ayer, mientras tomaba algo con unos buenos amigos, prendió una pequeña luz de actividad cerebral, de recuerdos y nostalgias de esas que se alimentan mis historietas casi siempre y supongo que todas las historias. Hoy va de deporte, concretamente del de esos tipos que corretean en gallumbos y se dedican a tirar una pelota dentro de un aro, arte también llamado baloncesto. O sea que, a los que eso del deporte o más concretamente el baloncesto se la traiga más bien floja, ya podéis ir desconectando. Hoy no hay ni música ni cine ni otra cosa. Historieta, sí.

Charlaba con un gran amigo en una terraza de la zona vieja, cuando, como tantas otras veces la conversación derivó hacia el baloncesto, deporte que a ambos nos apasiona, aunque también y como casi siempre, alineados en bandos rivales e irreconciliables. Ahora recuerdo por qué empezamos a hablar de basket. La víspera había sido su cumpleaños y cuando nos encontramos lucía uno de sus flamantes regalos recién estrenado, una bonita chaqueta de sus orgullosos verdes de toda la vida, sus Celtics de Boston. Y sí, era y es chula la chaqueta, verde y discreta, con el logo sobre el corazón como debe de ser y lo reconozco a pesar de que yo soy del irreconciliable enemigo de toda la vida, mis Angeles Lakers. Aunque también pensé que yo no me vería con una chaqueta de los Lakers, no es mi estilo. Y recalco lo de “de toda la vida” porque ambos, mi amigo y el menda, no nos perdíamos partido de la NBA televisado en aquellas épocas donde todavía jugaban leyendas como Magic, Bird o Abdul Jabbar, antes incluso del fenómeno Jordan. Tenemos otros amigos a los que les gusta lo de los tíos en gallumbos tirando a una cesta, con los que todavía juego pachangas de la tercera edad, pero son ya de otra época, casi todos llegados con el momento Gasol o como mucho el de Kobe Bryant o de Jordan cuando ya era una estrella consagrada.

Siempre es discutible la opinión, pero el colega y yo, que rara vez coincidimos en una y quizás sea eso lo que hace que me caiga tan bien, sí que opinamos lo mismo en una cuestión nostálgica. Nos gustaba más aquella época del baloncesto que la de ahora. No gustaba más el basket de técnica, fundamentos e inteligencia que el de ahora, basado en el físico, el músculo y un aprobado raspado en técnica. Está claro que es casi imposible compararlos ni saber que pasaría con un Magic Johnson o un Larry Bird es nuestros tiempos porque no eran unos atletas sobremusculados como se lleva ahora, ni si serían capaces de competir ante tanto biceps y armario empotrado.

Lo que si tengo claro es que, en esos momentos, el espectáculo era otro y la diferencia abismal con Europa era patente con ver alguno de aquellos partidos. El espectáculo era otro porque había otras prioridades. La velocidad de juego, el talento, la inteligencia, las maravillas técnicas y de fundamentos han bajado mucho el nivel en la NBA de los últimos tiempos y Europa ya no tiene demasiado que envidiar. Basta con ver algunos de los partidos de la final por el anillo de los últimos años, para quedarme claro que todo es mucho más lento, mucho menos inteligente, más previsible y mediocre. Pocos jugadores que ahora son titulares o franquicia en algunos equipos serían titulares en el cinco inicial hace años. Se salvan algunos, llámense Bryant, James, Durant, Nowitzki o alguno más, pero la clase media o incluso menos, impera en unos cincos iniciales en los que hace mucho tiempo que se da más prioridad al gimnasio que a la técnica y el talento. El espectáculo es otro ahora o es de otra manera y a mi me gustaba más el de antes, aunque suene a opinión de viejuno. Me falta esa velocidad de ejecución, esa visión de juego, esos talentos naturales, esa clase que no sale del gimnasio.

El caso es que, charlando y charlando de nuestros rollos de basket, hablábamos de nuestros favoritos de quel momento, nuestro favoritos en aquella época dorada. El suyo estaba claro, Larry Pájaro Bird, aquel blanquito alero y tirador, un tronco que las enchufaba como nadie. A mi, a bote pronto, se me venía a la lengua otro genio como Magic Johnson, el espectacular base de más de dos metros de mis Lakers. Pero al final me lo pense mejor y recordé cuál era el jugador de mis amores, mi preferido consciente e inconscientemente y que era capaz de relegar a Magic o a Jordan a un segundo lugar en mis preferencias.

Y era un tipo callado, algo retraído y reservado, poco dado a las declaraciones altisonantes y a los focos fuera de la pista, pero que consiguió ganar un anillo con los Houston Rockets, un oro olímpico con el famoso Dream Team, jugar diez veces el All Stars, estar en la lista de 50 mejores jugadores de la NBA de todos los tiempos, ser miembro del Basketball Hall of Fame, tener el honor de ver su camiseta con el número 22 retirada para siempre en los dos equipos de toda la vida, los Trailblazers y los Rockets, ser finalista de un concurso de mates de la NBA, estar siempre en las estadísticas como uno de los mejores en asistencias, tapones y robos o en los quintetos defensivos, siendo además un gran matador y anotador de media distancia. Sí, parece que estoy hablando de un superjugador y sin embargo nunca hizo mucho ruido, nunca fue el favorito de los flashes, ni portada de las revistas de basket o el ídolo de las multitudes. Pero para mi siempre destacaba, era el jugador que seguían mis ojos.

También recuerdo que en aquellas épocas, cuando daban los partidos a las tres de la madrugada del viernes o el sábado, no recuerdo bien, con Ramón Trecet al micrófono, solía escaquearme sin mucho ruido, discretamente, cuando estaba de marcha con los colegas y como no tenía coche todavía, caminar a todo lo que daban mis piernas sus buenos veinte minutos hasta la casa de mi madre, aprovechando para que me diera el aire y se me bajara el pelotazo de lo que fuera que llevara, para no faltar a mi cita con las estrellas de la NBA, sobre todo cuando jugaban mis Lakers o él, mi jugador favorito. También debo reconocer que creo que nunca llegué a pasar del tercer cuarto debido a los anteriores excesos de la noche. El descanso del tercer cuarto era mortal de necesidad y me solía quedar dormido como un puto tronco en el sofá hasta que mi madre me despertaba a la mañana siguiente, con el cuello destrozado. No recuerdo si alguna vez conseguí llegar hasta el final del partido, casi seguro que no, pero daba igual, siempre que había partido me esfumaba de la fiesta y me iba al sofá de mi casa me perdiera lo que me perdiera en esas fiestas.

Y muchas veces, era para ver jugar y volar a ese jugador que apodaron The Glide, el planeador, que se llamaba en realidad Clyde Drexler. Para mi no tenía igual por múltiples razones, ninguna objetiva o quizás alguna. Desde esa personalidad reservada, ese bigotillo de mosquetero (y eso que siempre he odiado los bigotes) y esa media sonrisa de gentleman que se correspondían con la realidad de un jugador que nunca hacía un mal gesto, ni tenía una mala expresión, que se movía por la cancha con una elegancia felina, con una técnica depurada y un talento natural que pocos podían igualar, pero que a la vez los combinaba con una potencia y elasticidad atlética del más alto nivel. Todo su juego era una delicia, un jugador completo, se movía de manera fluida, era veloz, potente e inteligente, sabía jugar para el equipo o cargar con él llegado el momento, espectacular en ataque pero también en defensa. Pero para mi, lo más destacado de su juego era esa elegancia natural, esa clase innata, esa coordinación de movimientos que recordaban a un felino, suave y veloz, potente y eficaz. Un auténtico caballero de la cancha, un fuera de serie donde demostraba lo que tenía que enseñar y un personaje reservado fuera de ella. Así era mi jugador favorito de todos los tiempos, Clyde el planeador.

Ahora sigue habiendo buenos jugadores, algunos grandes nombres, pero los veo jugar y no me parece lo mismo. Seguro que a los de antes los he idealizado y perdido la objetividad, pero a los de ahora les falta algo que antes sobraba, esa clase, ese nosequé que que se podría llamar talento, que viene de serie y no se aprende. Ahí os dejo un vídeo nostálgico de ese planeador que tanto me hizo disfrutar aquellas madrugadas hasta que me quedaba dormido. Mi pequeño homenaje personal.

Nos vemos.

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