Queridos amigos de la fauna ibérica…

felix01Holaquétal, estimados al otro lado de la pantalla. Por aquí asomo la pata de nuevo después de una más o menos larga ausencia. Es lo que tiene salir de las catacumbas, del aparente gris sin final bajo el que andábamos ocultos por aquí en el norte y volver a ver el sol y un cielo azul. Hay que aprovecharlo, no vaya a ser que no dure y se convierta en un espejismo, en una de esas calmas antes de otra tempestad para que no acabemos de creérnoslo. Hay otras ocupaciones mucho tiempo pospuestas, muchas cosas que hacer al aire libre y también algunos arreglos que hacer en las velas del barco después del temporal sin final. ‘Nunca choveu que non escampara‘, dicen.

Me estaba dando pereza infinita esto de ponerme delante del ordenador a escribir algo mientras el día brilla tras la ventana y te da por pensar que se escapa sin que vayas a disfrutarlo. Te vuelves avaricioso de espacios exteriores y tienes morriña del mar en calma y con semblante amable, aunque bravo también guarda su terrible belleza. Casi te da por pensar que ya es verano o primavera como mínimo. Pero bueno, ya sabéis aquel dicho de los más viejos del lugar, ‘ata o 40 de maio non te quites o saio‘. Pues eso. Ante todo, mucha calma, que técnicamente aún estamos en invierno.

En esas andaba yo, sin ganas de visitar este garito, cuando por casualidad, zapeando ayer o anteayer de noche, pillé el final de un programa en la primera o en la 24 horas. No recuerdo. El final de un programa dedicado al recuerdo de un fatídico 14 de marzo de 1980. Una fecha que me dejó totalmente impactado cuando apenas tenía 12 años. Nada menos que 34 años hace que nos dejó el amigo Félix Rodríguez de la Fuente, aquel amigo Félix al que tanto adoré en mi infancia. 34 años en los que nunca tuve un blog. Pero ahora sí lo tengo y no voy a dejar pasar la oportunidad de dejarme llevar por la tristeza que aún dura y la nostalgia que nunca se irá del todo.

Aún me recuerdo brumosamente, poco después de enterarme de la noticia de su muerte, sentado en algún lugar solitario de la casa de mis abuelos, repleto de esa inocente tristeza infantil, de esa incómoda angustia dentro del cuerpo, a punto de llorar si no lloraba, con la cabeza dando vueltas y vueltas, meditando, cavilando, intentando asimilar y comprender que no volvería a verlo ni a escucharlo, que Félix ya no estaba, que alguien como él podía morir, que no iba a estar siempre allí. Intentando acomodar en mis infantiles pensamientos la idea de que nunca se me hubiera ocurrido pensar que no era inmortal, que esas cosas no le pueden pasar a personas tan queridas, tan adoradas, tan idolatradas como él. Pensando que debía de ser un error. Que ese martes o ese jueves por la noche, cuando encendiera la televisión, él y El Hombre y la Tierra iban a seguir donde siempre, como siempre, para siempre. En definitiva, dando otro doloroso paso hacia la vida adulta y su inamovible realidad. Por muchas vueltas que le diera.

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Ahora que tengo un blog, se me ocurre pensar que después de 34 años, es buen momento para darle las gracias, por lo menos de mi parte. Las gracias por algunas cosas que os puedo contar y por algunas otras que no sería capaz de describir.

Casi bastaría con el grato recuerdo de mi familia al completo, mi madre, mis tres hermanos y yo, juntos y por unos breves momentos en paz y armonía delante de la televisión, esperando al unísono aquella familiar sintonía y aquel no menos familiar ‘queridos amigos de la fauna ibérica…’, aquellos minutos de comunión con quizás el único personaje que nos unía y con el cual no había división. Aquel ser magnético que nos mostraba las maravillas de la naturaleza como nadie nos las había mostrado nunca, que nos hacía verla de una manera que nunca antes habíamos visto.

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Quizás bastaría con pensar, desde la perspectiva que da el pasar de los años, como me hizo cambiar mi manera de ver a los animales, de ver la naturaleza. Para un nieto y sobrino de cazadores, esos animales que me descubría, nunca habían sido apenas más que objetos para travesuras, juguetes ideados para mis perversidades infantiles o más adelante, objetivos que abatir y llevar a la cazuela en bonitas correrías por los montes en compañía de mi abuelo o mi tío, recuerdos de jornadas de cacería. Impersonales, desdibujados, sin identidad o valor para mi mente infantil. Félix me regaló otra perspectiva, otra manera de verlos y de sentirlos aunque no fuera consciente de ello hasta mucho después. Poco a poco, su poderoso magnetismo televisivo me fue llevando a dotarlos de una identidad, de un valor, de ir descubriendo que no sólo estaban ahí para mi uso y disfrute maquiavélico, de hacer aflorar de manera lenta pero imparable la palabra respeto asociada a la naturaleza en mis noveles códigos de conducta. A fascinarme con esa otra vida oculta que se desarrollaba en madrigueras, nidos, en acantilados, cuevas ocultas o incluso en cualquier jardín.

Quizá bastaría con recordar que podría ser de los pocos ejercicios televisivos que resultaron ser verdaderamente educativos en aquellas épocas, no sólo por su poder divulgativo, que seguro que lo tiene, sino porque era una poderosa arma en manos de mi madre para obligarme a estudiar, un arma inapelable, sin posibilidad de réplica o escaqueo. No había mejor amenaza que quedarme sin El Hombre y la Tierra si no acababa mis deberes y tareas escolares. Una amenaza contra la que no se podía luchar. Una de las pocas armas realmente efectivas con las que contaba mi madre en el diario forcejeo por educar a sus asilvestrados retoños.

En el intenso período de tiempo que duraba cada emisión del programa era absorbido por la voz de Félix, esa voz tan característica e inconfundible, teatral, épica, paternal, tierna, dramática. Quedaba hipnotizado por la descripción de la pequeña gran historia que nos narraba en cada aparición, me deslizaba a ese otro mundo hasta ahora desconocido y poblado de memorables personajes de la fauna ibérica.

Desde el maldito y terrible mundo del redimido lobo de los cuentos más pavorosos envuelto en épicas bandas sonoras, las majestuosas vidas y vuelos de las espectaculares rapaces, desde el águila imperial pasando por el azor o el magnífico halcón peregrino, de hacernos apreciar la belleza de un ave tan menospreciada y necesaria como el buitre, o el conmovedor relato de la intensa vida y muerte del gran macho de cabra montés, la difícil vida del precioso lince o la increíble historia de ese alimoche rompiendo huevos con piedras, pasando por las más humildes vidas del pequeño y adorable lirón careto, las frenéticas correrías del hurón o la comadreja, la belleza de un tímido depredador como la gineta, las mil y una muertes del pequeño ratón de campo o el huidizo conejo o de menudas rapaces nocturnas como el autillo. Sentados en la cómoda platea de nuestro sofá observábamos sin perder detalle a través del ojo de la cámara ese mundo oculto, esa naturaleza que empezábamos a comprender. Cómodamente sentados mientras ese prestidigitador nos hipnotizaba y nos inoculaba esa pasión que traspasaba la pantalla, ese amor y respeto hasta ese momento desconocido como nadie había conseguido hasta esa fecha. No hacía partícipes de esa increíble odisea de vida y muerte que se desarrollaba todos los días en lugares no tan lejanos, en todos los rincones de su querida fauna ibérica. Un mundo real que superaba cualquier cuento infantil. Unas historias bellas, trágicas, conmovedoras que iban instruyendo nuestras pequeñas y receptivas mentes encaminándolas al respeto y el amor por la naturaleza.

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También he leído y escuchado con el paso de los años que mi héroe además tenía sus detractores, como todo héroe que se precie, que se hablaba de lados oscuros, de que todo eran montajes teatrales, de que su métodos no eran demasiado ortodoxos y muy discutibles. Su parte de razón tendrán, supongo. E incluso fue el dudoso inspirador de alguna moña e insufrible canción a duo que nos taladró a todos los de mi generación del Mazinger Z. Yo nada veía ni entendía de eso en mi tierna infancia y ahora, ya no tan tierno, tampoco me quiero meter en esa eterna discusión filosófica de si el fin justifica los medios o no. Es más, me importa una mierda a día de hoy. O en todo caso y desde mi punto de vista, sí se justificaban.

Quede claro que aquí hablo de mi opinión y no en nombre de nadie. De mi visión y mi vivencia sobre este personaje de mi infancia que tanto me marcó. De su trabajo y el de todo su equipo y de ese enfoque visionario y revolucionario de lo que debía ser un documental sobre la naturaleza y la fauna de nuestro país. Es posible que ese amor por la naturaleza del que ahora presumo se hubiera desarrollado por si sólo con el paso de los años, que estuviera siempre ahí y tarde o temprano aparecería. Es posible. Pero las cosas fueron como fueron y el amigo Félix estaba allí, en ese momento y de una manera que nadie había imaginado antes, con sus errores e imperfecciones, pero con un resultado indiscutible, potente y creo que casi imborrable. De su mano aprendí ese mensaje de respeto, ese amor, esa fascinación que su prestidigitadora voz nos traía con cada historia, con cada programa, con cada uno de sus entrañables personajes de nuestra fauna de los que me quedaba prendado.

Ahora, 34 años después, recuerdo muy bien como me hubiera gustado ser como él y vivir sus aventuras con esa misma pasión. De como soñaba tener uno de esos cuadernos de campo donde dibujar a todos y cada uno de esos bichos que observaba. Me doy perfecta cuenta de como hizo cambiar mi visión de los animales, de toda la naturaleza y mi manera de relacionarme con ella con mano firme en el timón, sin dudas en el rumbo. Recuerdo perfectamente el magnetismo de ese gran comunicador y divulgador que era Félix Rodríguez de la Fuente, capaz de disipar la frontera de la pantalla para hacernos partícipes de su pasión, para acercarnos y mostrarnos el por qué esos protagonistas de sus programas merecían ese respeto del que muchos carecíamos en esos momentos de nuestra infancia. Ahora, 34 años después, aunque tarde, le dedico estas palabras como sentido homenaje y le doy las gracias por su labor allí donde esté. En definitiva, por hacerme un poco mejor persona.

Nos vemos.

7 pensamientos en “Queridos amigos de la fauna ibérica…

  1. Qué buenos recuerdos me trae esa melodía, este personaje entrañable que creo influyó decisivamente en los que compartimos generación por aquella época!

    Curiosamente ayer tuve oportunidad de deleitarme con la visión en vivo y en directo del protagonista de uno de sus episodios: El abejaruco http://es.m.wikipedia.org/wiki/Merops_apiaster

    Qué belleza de ave!!!

    De regalo el episodio en dos partes dedicado a este precioso pajarito:
    http://www.youtube.com/results?search_query=EL+ABEJARUCO%2C+F%C3%89LIX+RODRIGUEZ+DE+LA+FUENTE

    Gracias por devolvernos por un rato a esos momentos maravillosos en que el mundo se paraba y nos sumergíamos de lleno en el pequeño gran universo de cada uno de los animales de la fauna ibérica!!!

  2. Gracias por comentar, querida amiga de la fauna ibérica…

    Me acuerdo de esos capítulos sobre el abejaruco. Una de esas preciosas aves que no disfrutamos aquí en Galicia. O yo por lo menos nunca la he visto, mejor dicho…

    Nos vemos.

  3. Hola amigo, de casualidad encontre tú blog, y creeme si te digo que yo tambien era la mayor fan de Felix,es mas mi mayor deseo era ir a trabajar con el, lo admiraba inmensamente, y todo lo que has escrito tú, es exactamente igual lo que yo pensaba, solo hay una diferencia que en mi familia no habian cazadores, pero por lo demas parece como si lo estuviese narrando yo saludos

  4. te voy a contar una historia:
    En una de las macro-tombolas que montan en mi pueblo en fiestas cada año con motivos beneficos, en el año 74 sorteaba, entre otros grandes premios, una tele en color. Por entonces solo habiamos oido hablar de ellas pero nadie o casi, habia visto una. Pues la fortuna sonrio a una tia-abuela de mi madre y uno de los recuerdos de mi niñez fue, en las noches de invierno con siete y ocho años, peregrinando a su casa con un frio del carajo a ver EL HOMBRE Y LA TIERRA en color, que lo emitian los viernes a las 10 de la noche,
    entonces habia dos cadenas y la UHF no se veía en todas las casas. Siempre que regresaba a casa, a pesar del frio, recuerdo que la sensación es que habia valido la pena asistir a ese maravilloso espectaculo que nos brindaba Felix y su equipo con sus animales salvajes en primera persona y como nos demostraba en cada capitulo que los salvajes somos nosotros. Desde entonces llevo la sintonia de Anton Garcia Abril grabada en mi mente y el recuerdo a permamanecido inalterable.
    Cuando me enteré de su muerte en Canada, lo sentí como si fuera de mi familia.

    • Saludos, Pedro y gracias por el comentario.

      Hago una pequeña excepción y te contesto. Ya no tenía pensado volver a hacerlo y sólo apruebo los comentarios desde mi correo. Además, desde hace un tiempo tengo muchas dificultades para acceder a esta página. Problemas de WordPress por lo que he leído.

      Bonita historia y buena memoria. También todavía soy capaz de tararear esa querida sintonía del programa y ahora me doy cuenta que apenas he hecho referencia a esa gran banda sonora que tenía el programa aparte de su contenido. De hecho, creo que es uno de sus mejores bazas para subrayar el mensaje del amigo Félix.

      Coincido en ese sentimiento de gran pérdida como ya cuento en el artículo.

      Gracias por pasarte por aquí y hasta siempre.

      Nos vemos.

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